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Full text of "La primera quincena de los Treinta y Tres"

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LA PRIMERA QUINCENA 


DE LOS 



DIARIO INTERESANTISIMO 

Escrito por el sargento mayor don Joan Spikermann 

UNO DE LOS HEROES DE LA GLORIOSA EPOPEYA NACIONAL J 



MONTEVIDEO 

Ir»>p. ¿ vapor la Corrito lito y 3M 

1891 




DOS PALA lili AS, AL LECTOH 


No es, seguramente, la idea deMucro la 
que nos ha inducido á publicar, en este tomito, 
la descripción verídica, exacta, de los sucesos 
que ocurrieron durante la primera quincena de 
la homérica cruzada, realizada con el asombro y 
el aplauso del mundo entero, por los Treinta y 
Tres benémeritos patricios, que nos legaron 
una república libre y constituida. 

El precio del libro, que escasamente compen- 
sará los gastos de la edición, en el caso impro- 
bable de que fuera agotada, nos pone á cu- 
bierto de toda malevolente suposición en ese 
sentido. 

Hemos emprendido este trabajo, insignifican- 
te, es cierto, bajo el punto de vista material, 
sin otra mira ni otro anhelo, que el de facilitar al 
pueblo el conocimiento verdadero de sucesos de 
trascendental importancia que la mayoría desco- 
noce. 

Y tiene él, sin duda, un título muy superior 
sobre los demás de idéntica índole que se hayan 
publicado ó pudieren publicarse: ha sido escrito 
de puño y letra de uno de los gloriosos Treinta 
v Tri-s, el sargento mayor D. Juan Spikermann, 
con una escrupulosidad en los detalles y tal ver- 
dad y desapasionamienlo en el conjunto,que su 
lectura al par de ofrecer al pueblo sai uda ble cnse- 



fianza, inspira severo respeto y hasta venera- 
ción por los que llevaron á cabo la grandiosa 
empresa de libertar la patria del dominio ex- 
tranjero. 

Lease, pues, La primera quincena de los 
Treinta y Tres . 


LOS EDITORES. 



La primera quincena de los Treinta y Tres 


I 


Montevideo, Setiembre 28 de 1878. 
Señor don José Tavolara. 

Amigo: 

Cuando fundó Vd. El Panorama , periódico 
literario, que tanta popularidad va adquiriendo, 
le prometí darle algo mió, que se honrase entre 
las bellas producciones que han visto la luz en 
!os primeros cuatro números de ese periódico, 
frutos, casi todas, de inteligencias jóvenes, vi- 
gorosas y que representan otras tantas esperan- 
zas para la pátria. 

Después me manifestó Vd su preferencia 
por los estudios históricos referentes á nuestro 
país; seguro de llenar sus deseos, v cumplien- 
do la promesa que hice á uno de nuestros hé- 
roes del año veinticinco, Le envío el itinerario 
de la primera quincena de los Treinta y Tres, 
escrito por el sargento mayor don Juan Spi- 
kermann, pocos meses antes de cerrar los ojos 
á la luz de la pátria, que él contribuyó á liber- 
tar de la dominación extranjera. 

Permítame algunas explicaciones sobre tan 
importante documento y sobre su autor. 



- 6 — 


II 


Conocemos, con másóménos detalles, la his- 
toria de las operaciones militares de los Treinta 
y Tres, desde el día en que como bajados de 
las nubes, se presentaron en el Cerrito, ya con 
un plantel de ejército, desafiando las numero- 
sas bayonetas que defendían á Montevideo y 
dejando pasmados ét cuantos los observaron, 
desde las blancas azoteas de la ciudad, ó desde 
las almenas de sus murallas, preguntándose 
atónitos: ¿Quienes son? Desde ese dia hasta 
que la patria fué enteramente libertada, los da- 
tos son mas numerosos y precisos; aún cuan- 
do no existiesen los documentos oficiales, viven 
aun muchísimos, que conservan, para la tradi- 
ción de sus marchas, de sus paradas, de sus 
necesidades, de sus mas insignificantes esca- 
ramusas, de sus atrevidos combates y batallas 
campales. 

Cualquiera de los viejos soldados de esa épo- 
ca legendaria, nos relata el sitio de Montevideo, 
nos indica los puntos donde tuvieron lugar las 
guerrillas, aquel en que calló tal ó cual patrio- 
ta. Cualquiera de aquellos soldados, repetimos, 
nos detalla las operaciones militares del Cerro, 
Rincón y Sarandí, sin olvidar decirnos como 
estaban formadas las lineas, que jefes manda- 
ban el centro y las alas, cómo empezaron las 
batallas, cómo se cargó, cómo se venció y 
hasta donde se persiguió. Podemos decir, que 
desde la llegada de los Treinta y Tres al Ce- 
rrito, hasta la entrada en Montevideo, conver- 





tida en capital de una Répública, la historia es- 
tá completa y bien conocida; solo respecto á 
detalles insignificantes, podrá haber divergen- 
cia de opiniones ó datos contradictorios. 

No sucede lo mismo, cuando se trata de es- 
tablecer la verdad, relativamente álos diasque 
mediaron entre el desembarco de ios Libertadu - 
res, en unas de las playas del Uruguay, y su 
llegada al Cerrito; sin embargo creemos que 
esa es la parte más interesante, más heroica y 
hasta más providencial, del año veinte y cinco. 

Casi es imposible explicarse como y por que 
medios un grupo de Treinta y Tres hombres, 
que según la hermosa frase de Nasctmbe/ie 
«pasaron el Uruguay con los frenos en las ma- 
nos» pudo desembarcar, conseguir recursos y 
atravesar tantas y tantas leguas en una campaña, 
cruzada por tropas enemigas, cuyos jefes eran 
hijos del país, valientes y expertos, como Rive- 
ra y Laguna, conocedores de la empresa y, por 
consecuencia, ya prontos á recibirlos y anona- 
darlos. 

Confieso que esa parte de nuestra historia es 
la que mas me ha llamado la atención, y la que 
mas me ba ocupado mi curiosidad, desde muy 
joven. Desgraciadamente ninguno de los Trein- 
ta y Tres dejó memorias, ni aún apuntes de sus 
servicios. La mayor parte de ellos eran hombres 
de poca ó ninguna instrucción, muchos no sa- 
bían ni leer ni escribir, otros apenas garabatea- 
ban su nombre, y los muy pocos que pudieron 
dejarnos el inapreciable tesoro de alguna rela- 
ción, sobre tan importante acontecimiento, fue- 
ron sorprendidos por la muerte, cansados y 
gastados por las guerras civiles:— en las que 



- 8 — 


figuraron como actores y víctimas al mismo 
tiempo. 


Durante el verano de 1858, nos hallábamos 
varios jóvenes de Montevideo tomando los ba- 
ños de Santa Lucía, y entre estos nuestro 
amigo Lindolfo Spikermann, que habitaba con 
su familia en la villa de Canelones. 

Una noche, después de una comida en el 
monte que empezó con la puesta del sol y acabó 
bajo los rayos de una hermosa luna, rodó la 
conversación sobre la parte de nuestra historia, 
objeto de esta carta. Con este motivo, mi amigo 
Spikermann, nos dijo que su padre le había 
hecho varias veces la relación de todo lo que 
deseábamos conocer, y que á nuestra pasada por 
Canelones, de vuelta para la capital, nos pre- 
sentarla al viejo veterano para que la oyésemos 
de sus propios labios. 

No olvidé la promesa. El entonces sargento 
mayor don Juan Spikermann, me recibió con 
la séria franqueza del soldado y la amabilidad 
reservada del hombre de experiencia. A pesar 
de su edad, avanzada, conservaba la energía de 
las buenas constituciones, y mas bien parecía un 
joven avejentado que un anciano, cuya alma 
habían herido tantas veces las mil emociones 
de los campos de batalla. 

Como ya estaba prevenido, por su hijo, del 
objeto principal de mi visita, me prometió ha- 
cerme la relación de todo lo sucedido á losTrein- 



— 9 - 


ta y Tres, en los primeros quince dias de su 
gloriosa cruzada. 

En lo poco que hablamos ese dia, conocí 
que aquel anciano conservaba la memoria en 
todo su vigor; no titubeaba ni en las fechas, ni 
en los lugares, ni en los nombres propios, que 
es lo que, frecuentemente, olvidan primero los 
viejos ó las naturalezas debilitadas. Reconocí 
al mismo tiempo en él un carácter de rectitud, 
poco común, un amor entrañable á la verdad; 
lo mismo se revelaba contra las exageraciones 
del espíritu nacional, que contra las injusticias 
délos que han pretendido rebajar el más grande 
acontecimiento de nuestra historia. 

Durante dos dias, que pasé, con él, en Cane- 
lones, me explicó verbalmente todo lo que de- 
seaba saber, relativamente, á los primeros dias 
de la invasión del año veinte y cinco. 

Recuerdo aún que, con motivo de manifestarle 
mi admiración por su conservada memoria, me 
respondió sencillamente: 

— «No crea usted; la he perdido mucho, me 
cuesta ya recordar con exactitud sucesos en que 
he tomado parte después de esa época.» 

Callé al oir esta respuesta, pero ella vino á 
coníinnarme, una vez más, el fenómeno psicoló- 
gico, que con muy raras excepciones se produce 
en todos los hombres que han sentido las vivas 
impresiones de los dos más sublimes amores, 
el de la pátria y el de la virtud. Todo se va bo- 
rrando del alma, con los años, así como se 
desvanecen poco á poco á los golpes de la luz, 
las sombras de una fotografía; pero los recuer- 
dos del día en que el hombre tiene conciencia 
que fué útil á su pátria, que contribuyó á su 



salvación y á su gloria, ó los de aquel en que 
realizó un gran acto de virtud, quizás, supe- 
rior á sus fuerzas morales, se sienten basta en 
la decrepitud, y son como una lámpara lejana, 
cuya luz lucha, hasta la muerte, con las tinie- 
blas que acumulan los años en la memoria, 

IV 

Cuando entre el señor Spikermann y yo se 
estableció esa amistad sincera y llena de esa 
conñanza que solo forma la simpatía, decidíme 
á pedirle me diese por escrito, de su misma letra, 
la relación que tantas veces me había hecho. 

Al principio manifestó indecisión en acceder 
á mi súplica, fundándose en que no tenia cos- 
tumbre de escribir, y que sus muchos años 
eran un obstáculo para que pudiese hacerlo, al 
ménos, con claridad. No obstante, á mis reite- 
radas instancias, y sobre todo al hacerle pre- 
sente que era verdaderamente sensible que nin- 
guno de los Treinta y Tres hubiese dejado algo 
escrito, sobre la memorable marcha de los 
primeros quince dias de la invasión del año 
veinticinco, me prometió llenar mis deseos. 

Esta promesa mefué hecha el año 58. Pasó 
algún tiempo, y estando yo empleado en el mi- 
nisterio de Relaciones Exteriores, se presentó 
un dia mi viejo amigo á visitarme. Noté en su 
apostura, hasta entonces verdaderamente militar, 
un notable cambio, y en su rostro, generalmente 
alegre y afable, una sombra de abatimiento y 
tristeza que me impresionaron dolorosamente. 

Sentóse á mi lado, acompañando este acto de 



— 11 — 


un quejido prolongado, y después de descansar 
algunos instantes me dijo: 

—«Amigo mió, acabo de levantarme de una 
grave enfermedad, que, quizás, sea la precur- 
sora de laque debe llevarme al lado de mis 
compañeros de cruzada; aquí tiene Vd. el tra ba- 
jito que le prometí.» 

A estas palabras, sacó algunos pliegos de 
papel escrito y me los entregó, agregando con 
con una débil sonrisa: 

— «Un Treinta y Tres debe ser exacto en sus 
promesas.» 

Yo considero que este manuscrito con su 
temblorosa letra, su lenguaje incorrecto, y sus 
faltas gramaticales, es más precioso que si estu- 
viese adornado con lrs galas de una retórica 
escogida, y animado por un estilo vibrante y 
seductor. Espontaneidad y sencillez son sus 
caracteres, y esto facilita al historiador el descu- 
brimiento de los errores, si los hubiere. 

V 

Hace tiempo sentía deseo de dar publicidad á 
ese trabajo, cumpliendo así la promesa hecha 
al señor Spi hermano, pero las premiosas nece- 
sidades de la vida, el haberme hallado ausente 
de Montevideo algunos años, fueron obstáculo 
para que pudiese realizar ese deseo. 

Hoy, al copiarlo, para enviárselo, solo he co- 
rregido las faltas de ortografía, y algunas fra- 
ses que, por la colocación de las palabras, podrian 
aparecer de oscuro sentido. 


R. DE S. 



— 12 — 


VI 


Preliminares 


«El ano 1823 cuando se suscitó la cuestión 
entre los brasileros y lusitanos, los hijos del 
país se adhirieron á estos, á consecuencia de la 
promesa que ellos les hicieron de entregarles 
este país libre é independiente, debiendo embar- 
carse el general en jefe de la plaza don Alvaro 
da Costa j con la división de Talaveras, com- 
puesta de tres mil hombres de las tres armas. 
Este arreglo fué hecho con el Cabildo de Monte- 
video. 

«Sitiaba esta plaza el general don Carlos Fe- 
derico Lecor, con un ejército de más de tres mil 
hombres. Duró este sitio once meses, y se con- 
cluyó por medio de un tratado, por el cual los 
lusitanos entregaron la plaza á los brasileros, y 
se embarcaron para Europa. 

«Esta fué la causa por la cual emigramos á 
Buenos Aires como ciento y tantos Orientales 
entre jefes, oficiales y algunos particulares. 

«Por -esta misma época don Juan Antonio 
La val leja estaba hecho cargo de las estancias 
de Zamora, las cuales administraba por cuenta 
del Estado, pero habiéndose comprometido en 
un proyecto de revolución contra la domina- 
ción brasilera, fué perseguido por don Fructuoso 
Rivera, al servicio del Imperio, y tuvo que 
emigrar á Entre Ríos, pasando de allí á Buenos 
Aires, donde estableció un saladero. 



— 13 — 


«Fué en ese mismo saladero donde se convino 
y arregló la empresa del año 1825. 


VII 


Salida de Buenos Aires 


«El dia l.° de Abril de 1825 nos embar- 
camos, á las doce de la noche, en la costa de 
San Isidro , en un lanchón, los nueve primeros 
individuos de la expedición, desembarcando y 
acampando en una isla formada por un ramal 
del Paraná, llamado Brazo Largo. Esos nueve 
individuos eran: 

Don Manuel Oribe 

» Manuel Freire 

» Manuel Lavalleja 

» Atanasio Sierra 

» Juan Spikermann 

» Carmelo Colman 

Sargento Areguatí 
Don José Leguizamon (a) Palomo 

Vaqueano Andrés Ciieveste. 

«En dicha isla permanecimos 15 dias esperan- 
do la segunda expedición la cual, hasta comple- 
tar el número de Treinta y Tres, venia á las ór- 
denes de Don Juan Autonio Lavalleja. 

«La causa de la demora fué que, en la noche 
que se embarcaron esos compañeros, los tomó 
un temporal y los arrojó hácia la altura del *Sa*¡ 



— 14 — 


fado , costa Sur de Buenos Aires. Como no po- 
dían atracar á ninguna de las costas, pues la 
oriental estaba vigilada por los brasileros, y la 
argentina por el gobierno de Buenos Aires, del 
cual nos habiamos ocultado para salir del terri- 
torio, les faltaron los víveres, y hubieran pere- 
cido, si el dia 15 de Abril no se hubieran in- 
corporado á los que estábamos en la isla. Allí 
encontraron donde calmar su hambre, pues hacia 
dos dias que nos habiamos provisto de carne, 
la cual nos la trajo el vaqueano Cheveste, quien 
en una canoa, acompañado de dos hombres, 
pasó á la costa oriental y consiguió carnear una 
res (1). Permanecimos ¿n la isla hasta el dia 
18 de Abril. 


VIII 

Travesía del Uruguay 

«En aquella fecha nos embarcamos en los 


(1; «La noche que se reuniero < con nosotros nuestros 
compañeros, lodos los oficiales estábamos de jarana al re- 
dedor del figón, y habiéndosele h»cho presente á Lava- 
lleja que el cadete don Andrés Spikermam cantaba una 
décima oue habia sido compuesta en Montevideo contra 
su perso'na; tanto exigió aquel jefe que no tuvo mas re- 
medio Spi herma nn que cantarla. 

«L'espues que la oyó pregunto cavalleja si sabían quien 
era el autor; se le contestó que era un español llamado 
ValverdC) teniente de un cuerpo titulado Drayotirg ti? la 
Pro'iiicia. Entonces La val leja dijo en tono d i broma: 

«—Ese va á ser el primer prisionero que hemos de 
tomar. 

«Efectivamente A los cuatro días, fuó aprisionado e! 
espresado Val verde, en el encuentro de San Salvador. 



— 15 - 


dos lanchones y navegamos durante la noche, 
hasta ponernos á la vista de la costa oriental, 
á fin de hacer la travesía del Uruguay, en la no- 
che del 19. 

«El Rio estaba cruzado por lanchas de guerra 
imperiales, y, por consiguiente, emprendimos 
marcha en esa noche. A las siete j habiendo na- 
vegado como dos horas, nos encontramos entre 
dos buques enemigos, uno á babor y otro á es- 
tribor; veíamos sus faroles á muy poca distan- 
cia; el viento era Sur, niuy lento, y tuvimos que 
hacer uso de los remos. 

IX 

Invasión 

19 de Abril de 1825. 

«A las 11 de la noche desembarcamos en el Ave- 
nal Grande , costa del Uruguay. En ese momento 
no pudimos ménos que besar el suelo de nuestra 
Patria. Concluido el desembarque, D. Juan An- 
tonio Lavalleja despachó los dos lanchones para 
Buenos Aires llevando la lista de las Treinta 
y Tres á don Pedro Trápani, cuyo señor fué 
quien nos proporcionó los recursos para nues- 
tra expedición (1). 


(1) El señor don Pedro Trápani hizo importantes ser- 
vicios ;i nuestra expedición y, entre otras personas, re- 
cuerdo á don José María Platero y á don Luis de la 
(orre. Este señor tema su tienda de ropería frente al 
colegio en Buenos Aires; en ella se vistieron algunos ofi- 
ciales, y la bandera que trajeron los Treinta y Tres íué 
hecha por sus propias manos. Es la misma que aun existe. 



— 1(3 — 


«Concluido este trabajo, nuestro jefe Lavalleja 
tomó la bandera y nos dirijió una proclama llena 
de fuego y patriotismo ’á la que contestamos 
con el mismo ardor, jurando llevar adelante 
nuestra empresa de Libertad ó Muerte. 

«Esa misma noche debíamos haber encontra- 
do al vecino don Tomás Gómez, el cual según 
había convenido tres meses antes con nues- 
tros dos comisionados, D. Atanasio Sierra y D. 
Manuel Lavalleja (1) debía esperarnos con ca- 
ballos prontos. 

«Circunstancias imprevistas lo habían obliga- 
do á ocultarse en el monte (2) y por consecuen- 
cia fué necesario que nuestro jefe enviase á su 
hermano con el vaqueano Cheveste á la estan- 
cia de Gómez, la cual distaba poco de la costa; 
esta comisión la hicieron á pié los dos enviados. 

X 

Marcha 

20 de Abril. 

«A las nueve ó diez de la mañana llegaron 

(1) Tres meses antes de la invasión, don Juan Anto- 
nio Lavalleja envió a don Atanasio Sierra y á su herma- 
no don Manuel Lavalleja con correspondencia para sus 
amigos en la Banda Oriental, preparándolos para la em- 
presa que premeditaba. Todos contestaron conformes. 

[2] El gobierno imperial habia tenido aviso de sus 
agentes en Buenos Aires, relativas á nuestra empresa, y 
por consiguiente, el Uruguay estaba cruzado por lanchones 
de gaerra que mandaba un tal Vvloz, siendo vigiladas las 
costas por fuerzas á las órdenes del comandante Laguna 
don Julián], De este tuvo que ocultarse don Tomás Gómez. 



— 17 — 


nuestros cotal sibr«ados éon don Tomás Gómez, 
tráyéndó : üfi» rlútaefó suficiente de caballos ¡‘li- 
ra toda nuestra gén te. 

<*Em prendimos marcha á las once de la maña- 
na, siguiendo pordentro del monte del Uruguay 
hasta encontrarle * bárra de San Salvador. En 
este trayecto sé' nos reunieron como treinta ó 
cuarenta 1 hombres 'montaraces y seguimos toda 
la' noche dé este dia por la costa de aquel arroyo, 
con direocion ahp'áebfo dél mismo nombre, 

«Tuvimos noticias' dé que en ese pueblo había 
una fue rzaémémrga, cotao de ochenta á cien hom- 
bres, mandada ' ^or el comandante don Julián 
Laguna y la cual estaba destinada á vigilar la 
costa, del; 1 UríigiíaV; pües el gobierno imperial 
tenia- av4sé dé nuéstfos proyectos. 


'■ * XI 

f i r 

Combate en San Salvador 


Abril 2 i 


('Amanecimos cOrrío á una legua del pueblo, 
sin ser sentidos, pues durante la noche los ofi- 
ciales de la fuerza de Lágüría habían estado de 
baile; cuando nos acercamos, como á media le- 
gua, salió á reconocernos un oficial llamado 
el tonelero ; llegó como á una cuadra de noso- 
tros y hubiera caído prisionero, á no haber de 
i»or medio un arroyilo pantanoso, cuyo paso 
había errado el vaque ano. 



— 18 — 


«El oficial, así que distinguió la bandera trico- 
lor, partió á escape á dar aviso á Laguna. Tuvi- 
mos que bajar el arroyito, como media legua, 
hasta encontrar el verdadero paso. Esta mar- 
cha dió lugar á los enemigos para prepararse 
y salieron á nuestro encuentro, formándose en 
una 'altura como á una legua del pueblo. 

«Nuestro jefe Lavalleja comisionó á un vecino 
para que dijese á Laguna que lo esperaba en 
campo neutral para hablarle. Efectivamente, vi- 
no este jefe; pero Lavalieja no pudo persua- 
dirlo á que se plegase á nuestra causa, y al 
tiempo de despedirse le advirtió que lo iba á 
cargan inmediatamente. 

«Así se hizo; duró unos momentos la pelea, 
pero se pronunció la derrota en las filas enemi- 
gas, habiéndoles muerto un soldado, cayendo 
prisionero uno de sus oficiales llamado Valver- 
de y pasándose á nuestra fuerza siete hom- 
bres. Los demás fueron perseguidos en una 
distancia de siete leguas, huyendo unos hácia 
Soriano, otros hácia Mercedes, y Laguna con 
algunos oficiales hácia el Durazno. 

XII 

Llegada á Mercedes 

«En el mismo dia 21 emprendimos marcha 
hácia Mercedes, habiéndosenos incorporado por 
el camino como treinta paisanos; entre ellos ve- 
nia un postillón que conducía prisionero al ya 
mencionado oficial el tonelero , el cual iba á lle- 
var á Montevideo el parte de nuestro encuentro 
con Laguna. 



— 19 - 


«A las diez de la noche nos acercamos á 
Mercedes, pero como hubiese sabido La val leja, 
que los enemigos estaban sobre las armas, 
atrincherándose y formando cantones con los 
vecinos del pueblo, no encontró oportuno hosti- 
lizar la poblaciori'y, en la misma noche, contra- 
marchamos en dirección á las puntas del arroyo 
Grande. 

«Desde entonces fué necesario ocultarnos de 
dia v marchar únicamente de noche, esparcien- 
do bomberos y exploradores á todos lados. 

«Con estas precauciones conseguimos tomar 
todos los chasques que mandaban de Mercedes 
á Montevideo y solo fuimos sentidos, cuando 
llegamos á San José (1J. 

XIII 

Rendición de Ja fuerza del Durazno 

Abril 27. 

«Ibamos marchando en dirección al Duiaz- 

[1 ] «El dia que entramos á San José se había escapa- 
do del pueblo un oriental llamado Farruco , que siempre 
liaV ia estado al servicio de los brasileros; á consecuencia 
de la evasión de este individuo, que dió la noticia de 
nuestra marcha, se nos escapó el jeíe Pintos que estaba 
en Canelones y el mismo general Lecor, cayendo inme- 
diatamente en nuestro poder Montevideo. Se había com- 
binado entre Lavalleja y Rivera que era el comandante 
general de campaña dolos imperialistas, citar al general 
Lecor ¡i una conferencia, y como este jeíe ignoraba la 
rendición de Rivera ú un pretexto urgente de este quizás 
hubiese venido al parage designado, y entonces todo estaba 
consumado. La fuga de Furruco echó por tierra lodo el 
plan. 



— 20 — 


..no, cuando tomamos prisionero á un vaqueano 
de Rivera, llamado Juan Baez, vecino del Colla, 
el cual regresaba de una comisión que le había 
encargado el dicho Rivera. Por ese prisionero 
supimos, que este jefe estaba acampado en el 
Durazno, con úna fuerza como de tres cientos 
hombres y que esperaba al comandante Cal- 
derón que venia á incorporársele, con un escua- 
. drón de dragones. 

«El referido Baez había sido muy amigo de 
Lavalleja y como al mismo tiempo le repugnaba 
. Ja dominación brasilera, propuso sorprender á 
Rivera y tomarlo prisionero. En consecuencia 
se comprometió á engañarlo, haciéndole creer 
que nuestra fuerza era ja de Calderón. 

«Con este o! jeto nos' condujo por quebradas, 
hasta ponernc-» á distancia á tres cuartos de 
legua del enemigo. 

«La. guardia avanzada de este era mandada 
por el teniente don Leonardo Olivera, y asi fué 
que Baez tuvo que encontrarse con él después 
de habernos dejado emboscados. Dijo á aquel 
oficial que Calderón quedaba en el bajo próximo, 
y que él seguía á dar el parte á Rivera. 

J: ■ «Miéntras Olivera se aprontaba y montaba á 
caballo para venir al> encuentro de los que con- 
"■ sidéraba amigos; Rivera salía de su campamen- 
to; cop, una escolta de doce hombres y con el 
"mismo /objeto <- de Olivera* Este fué el primero 
que noséneoíltró,' quedando pasmado al verse 
frente á Lpválleja .y rodeado de una porción deje- 
Tes y ,qficiales, amigos todos. Conoció el engaño; 
/pero como había sido uno de los que, tres meses 
antes; hab-fán tenido ¿viso de nuestra empresa, 
no trepidó 'én' adherirse á ella inmediatamente. 



— 21 — 


«Lavalleja hizo preparar cuarenta hombres 
bien montados y los hizo apostar en el repecho 
de una cuchilla á las órdenes de Manuel Oribe. 

A los pocos momentos apareció Rivera á gran 
galope seguido de su escolta, .sugetando los’ca- 
balios como á distancia de media cuadra; en un 
instante fué rodeado por la fuerza apostada. } 
«Las primeras palabras que pronunció Rivera * 
al encontrarse con Lavalleja, fueron estas: 

— « Perdóneme la vida y háyame respetar, 

- «Lavalleja le contestó: 

— «A 7 o ten ya cuidado — agregando — No se 
portó Vd. así cuando me persiguió por órden 
del Barón de la Laguna— «Rivera contestó á 
este reproche que — no lo había perseguido , que 
por el contrario lo había buscado para acordar 
con él un plan de independencia. 

«Concluido este breve diálogo, Rivera pro- 
metió entregar la fuerza de su mando á Lava- 
lleja. al efecto ordenó á don Leonardo Olivera 
que hiciese soltar los caballos de la división, 
asegurando en el campamento que la fucrz.a que 
había llegado era la de Calderón. 

«Echamos pié á tierra v esperamos á que la.. 
Operación estuviese concluida.. . 

«Como á los tres cuartos de hora marchamos 
con dirección al campamento. Cuando estuvi- 
mos en el mismo centro desplegados la bandera 
tricolor, y procedimos á desarmar lodo lo que era . 
brasilero, alistando á los orientóles en nuestras... 
filas. ' ... 

«En la noche de este mismo, ¿lia 27, marcha- 
mos en dirección del Paso del Rey. 



— 22 - 


Abril 20. 

«En dicho paso esperamos al coronel Boc- 
has que estaba destacado en San José con una 
fuerza corno de trescientos hombres. Como 
Rivera era el comandante general de cam- 
paña por parte del gobierno brasilero, y se ig- 
noraba aun su captura, se hizo que escribiese 
una nota ai referido Borbas ordenándole que 
inmediatamente marchase con su divismn á in- 
corporársele en el Faso del Rey. 


XIV 


Captura de Borbas 


Abril 30. 

«Como á eso del mediodía llegó al pasi una 
carreta con uniformes, escoltada por doce hom- 
bres y un oficia], y al anochecer se presentó 
Borbas con su fuerza. 

«Estábamos acampados del lado Norte del 
Paso del Rey, teniendo los prisioneros, en nú- 
mero de doscientos, como á tres cuadras á nues- 
tra izquierda; ala derecha se hallaban Lavalleja, 
Rivera y algunos oficíales como á la misma 
distancia, estando firme nuestra fuerza compues- 
ta de doscientos cincuenta hombres frente al 
paso, y como á dos cuadras de él. 

«En esta posición, mandó órden Rivera á Bor- 



- 23 — 


bas que pasase el rio y acampase á la izquierda 
de nuestra fuerza. Hecha esta operación, liivera 
envió á decir á Borbas que él y todos sus oficia- 
les podían venir á tomar el café á su fogón, lo 
cual hicieron. 

«La noche estaba oscura y lloviznando; un 
ayudante de los nuestros dióórdená la tropa de 
Borbas que pusiese las armas en pabellón y des- 
filase á su derecha; por medio de esta maniobra 
fué fócil á nuestros soldados apoderarse de todo, 
quedando prisionera la división. 

«Mientras esto sucedía con la tropa, Lavalleja 
intimaba á Borbas y sus oficiales se rindiesen á 
las armas de la patria (1), 


Mayo l.°. 

'' ¡ 

«Márchamos en dirección á San José con mas 
de quinientos prisioneros de tropa y veinte oficia- 
les. Por el camino tomamos á un cadete que 
iba de chasque para Mercedes, con comunica- 
ciones de importancia. 


jl) «Momentos antes de intimársele la rendición á 
Borbas y sus oficiales, por Lavalleja, Borbas preguntaba 
-i Rivera delante del mismo Lavalleja, - donde estaban 
os patrias rcruUn.<os, a^regAndo porción de chuscadas. 
Como Lavalleja conocía .va el desprecio que Borbas hacia 
de los orientales, le babia preparalo una buena lección. 
Ordenó á un moreno llamado Yuca, ordenanza de Rivera 
que cuando se intimase la rendición á Borbas y sus ofi- 
ciales, se presentóse él á tomar la espada de este jefe. Asi 
se hizo exactamente. 



— 24 - 


XV 

Llegada a San Jóse 

Mayo 2. ~ ■ - 

«Acampamos en la costa del arroyo, ;.ynalli se 
nos incorporó el comandante Calderón con ¡una 
fuerza de ciento ochenta hombres. Por- este e4H 
mandante supimos que en el Durazno se liabiá 
proclamado la revolución, á consecuencia de 
cartas dirigidas por La val leja,, después deda 
captura de Rivera. Esas cartas, eran destinadas 
á la oficialidad de la fuerza. , que existía ¡en. aquel 
pueblo. Dichos oficiales destituyeron al segun- 
do comandante, que lo era el coronel brasilero 
Ferrada. Con este acontecimiento nuestra fuerza 
so elevó á ochocientos ó novecientos hombres 
bien armados. 

«Como ia columna de prisioneros era muy 
pesada, determinó Lavalleja enviarlos al Duraz- 
no, haciendo el depósito en aquel punto. 

«Fué, pues, necesario desmembrar nuestra 
fuerza, entregando una parte á ftivera;para que 
custodiase dichos prisioneros hasta aquel pue- 
blo, y al mismo tiempo vigilase á los enemigos 
que ocupaban á Mercedes. 

xvr:; ; f ; 

Llegada á Canelones 

Mayo 3. 

«Marchamos hacia Canelones> con miras de 



— 25 — 


sorprender al coronel Pintos que acampaba 
en ese punto, como con doscientos hombre^., 
Llegamos al aclarar el día; pero supimos queá 
las diez do la noche del 2, habían salido par^.. 
Montevideo á marchas precipitadas (1). Entra- 
mos al pueblo por la calle que hoy llaman.de Jq.s, 
Treinte y Tres y acampamos eri la costa del 
arroyo. v .¡■-r- 


XVII 


Reunión de fuerzas» 


« En la costa de ese arroyo, Lavaiieja ordenó 
la reunión de la guardia: nacional -en 1 vario$ 
puntos, nombrando á los siguientes- pficialé§ 
con ese objeto: 

«A don Leonardo Olivera para reunir la guar- 
dia nacional de Maldonado. 

«A don Simón del Pino, para la de Cane- 
lones. 

(1) Durante la marcha liácia Canelones, supimos que 
iba para Mercedes, como á ocho leguas á retaguardia 
nuestra, una fuerza como de trescientos hombres. Esta 
fuerza debió caer en nuestro poder, si don Jacinto »Trá- 
pani no hubiese tomado prisionero á un oficial que 
el jefe de esa fuerza había mandado á una estancia; 
con cuatro hombres, para que hiciese carnear algunas 
reses. Si Trúpaní hubiese prescindido de tornar at oficial? 
limitándose únicamente á dar cuenta á Lavaiieja, erfá 
fuerza hubiera acampado, siendo -despaes- sorprendida 
por nosotros; pero al saber la prisión del oficia!, coritrd- 
marchó precipitadamente. •> 



- 26 — 

«A don Juan José Florencio, para la de San 
José. 

«A consecuencia de esta disposición solo nos 
quedó una fuerza como de ochenta hombres; 
sin embargo, el mismo dia 3 al anochecer mar- 
chamos con dirección á Montevideo (1). 

XVIII 

Llegado al Cerrito 

Mayo 4. 

« Al amanecer estábamos sobre el Cerrito. 
Al salir el sol enarbolamos el pabellón tricolor. 
Es decir: á los quince dias de haber pasado el 
Uruguay sitiábamos á los brasileros, que tenían 
dentro de Montevideo una fuer za como de cinco 
mil hombres. 

Primeras operaciones 

Mayo 5 

«Una columna compuesta de mil infantes, qui- 
nientos caballos y cuatro piezas de artillería sa* 

(1) Al pasar por el saladero de Casavalle en la costa del 
Miguelete, encontramos «n campamento, el cual la noche 
antes había sido abandonado con tanta precipitación, que 
habían dejado abandonados uniformes completos, muebles 
de oficiales, y porción de objetos. Las pulperías ambu* 
laotes, pertenecientes á varios iniividuos de la misma 
fuerza, quedaron igualmente abandonadas, hallándose in- 
tactos en los cajones los diarios que habían hecho el dia 
anterior. 



- 27 — 


lió de Montevideo con el objeto de descubrir 
nuestra fuerza. Llegó hasta la altura donde está 
el saladero de Legrís. Nosotros á penas contá- 
bamos ese dia con sesenta hombres dispuestos 
del modo siguiente: 

«Una partida al frente de! Paso Molino, otra 
en el Buceo, en el centro treinta hombres de 
guerrillas á las órdenes de don Manuel Oribe y 
una pequeña reserva mandada por el jefe déla 
línea comandante don Bonifacio Calderón, la 
cual estaba oculta en el bajo que llaman del Pas- 
tero. 

«Sostuvimos las guerrillas como hora y me- 
dia, pero viendo ellos que no podían descubrir 
nuestra fuerza, y desconfiando fuese numerosa 
contramarcha ron á Montevideo. 

«En la retirada les matamos un soldado, y 
rescatamos uno de los nuestros que habían 
tomado extraviado y que llevaban en su reta- 
guardia, para lo cual tuvimos que darles una 
carga. 


XIX 


El comandante Burgucfio 


Mayo 6 

Los brasileros habían preso porción de orien- 
tales en esos días de nuestra invasión, y los te- 
nían encerrados en la ciudadela. Entre "ellos’se 
hallaba don Tomás Burgueño; pero el día G de 



— 28 - 


Mayoá la madrugada, consiguió evadirse con 
algunos compañeros, descolgándose de las mu- 
rallas al foso exterior, y presentándose en nues- 
tro campo el mismo día. Sin demora alguna sq-, 
lió á campaña á reunir fuérzate; y* ti' ; )b ; á' cuatro 
dias se nos incorporó con trescientos hombres 
escojidos, mozada selecta. • ' •, ’ 


XX 


Contra-revolución 


En estos mismos dias, los brasileros 'Intenta- 
ron hacernos la contra-revolución, la cual estaba 
encabezada por el misino jefe de fa lineé, don 
Bonifacio Calderón y algunos particuláres: El 
plan era entregar á ¡os imperialistas la fuerza' 
que sitiaba á Montevideo, y en esta fuerza esti- 
ban casi lodos los Treinta y Tres. 

o Laval leja se hallaba en Canelones, y había yá 
una persona destinada para asesinarlo — Una 
mujer era la conductora de la correspondencia 
entre Calderón y el general Lecor. Felizmente fu é 
descubierta esta conspiración por el mismo in- 
dividuodestinado áasesinará Lavalleja, llamado 
Mariano Caraballo, y por don Antonio Pardo, 
emisario del general brasilero (1) 

«Descubierta la conspiración se prendieron á 
todos los individuos complicados en ella. El jefe 

(I) «Don Antonia Pardo litzo además pt^ros ifnpprtfrOtes • 
servicios al pais. 



— 29 - 


de líp.eá Calderón, fué preso por don Manuel 
Oribe, su segundo, habiéndose reducido á pri- 
sión también en Canelones algunas otras perso- 
nas. Calderón y un vecino ‘debieron ser fusila- 
dos en, el Durazno; pero mediaron grandes em- 
peños, con Laval'eja, y seles perdonó la vida. (1) 
«A los pocos dias fugó Calderón y fué á pres- 
tar sus servicios en las filas del Imperio, habien- 
do llegado en ellas á brigadier. 

«Juan Spikermann.» 


XXI 


Conocidos; ios apuntes ó él diario del señor 
Sprkermann; que déjatVios hoy concluidos, al- 
gunos hallarán en ellos ’démasíada rapidez en 
a relación de los 1 süeesóS principales y vacíos 
que •el.léctor deseará ver llenos; pero no se pue- 
de exigir más de Un dióm breque no solo le falta- 
ba la costumbre de éScribir, sinó que redactó 
esos apuntes en úna edad avanzada, y en mo- 


■ i ' 1 ' ■ 

[1]. «Una señora; de laneós a del M guelete era la que 
conducía de. pocha Ja correspondencia de los contra-re- 
volucionónos á Mpufevid^o. Eisaiseñora tenia una hija 
que estaba en bu riás relacionas con . don Manuel Oribe, 
la cual! un Uia- qub efchába a esté'en el pelo aceite de olor 
le dijo de pronto: : : 

« — Me parece que esta cabeza ha de durar muy poco. 

«Como Oribe., algunas sospechas, asustó á la 

muchacha Sé tal triodo qúe ella, confeso que su madre 
eondueia^dUrdhfelaiíbche la correspondencia del coman- 
dante Calderón para el general Lecor. 



- 30 - 


mentos en que su alma estaba preocupada con 
el porvenir de su numerosa familia. 

Juzgamos, pues, muy necesario ampliar ese 
trabajo con algunos documentos y aclaraciones, 
que sirvan para su mejor inteligencia. Estoeslo 
que nos proponemos en los artículos siguientes. 


XXII 


El sefior Spikermann en el preliminar de su 
diario esta bleee que, á consecuencia de la entre- 
ga que el general de la plaza don Alvaro da 
Costa hizo el año 23 al general Lecor, emigra- 
ron á Buenos Aires muchos orientales, los 
cuales tenían la promesa del expresado Alvaro 
da Costa, de que les entregaría su país libre é 
independiente, con tal que lo ayudasen en su 
defensa contra el general Lecor, que había abra- 
zado la causa de la independencia brasilera. 
Asegura asimismo el señor Spikermann que 
ese arreglo fué hecho entre el general portu- 
gués y el cabildo de Montevideo. 

En una acta del cabildo de Montevideo del 
año 1823 se encuentra comprobado lo que dice 
el preliminar arriba mencionado, y los docu- 
mentos que tendremos ocasión de citar en este 
breve estudio, acabarán de hacer la luz relati- 
vamente á las causas de la emigración oriental 
á Buenos Aires el año 1824, al retirarse las tro- 
pas lusitanas. 

La época que nos ocupa es bastante descono- 
cida y por esto nos complacemos en estudiarla. 

Dueños de la Banda Oriental del Uruguay los 



— 31 — 


portugueses, y pacificada esta plazaá consecuen- 
cia de la emigración del general Artigas, y del 
sometimiento de don Fructuoso Rivera, en 1818, 
con todas las fuerzas de sumando, comprendie- 
ron que la duración de su dominio sobre los 
orientales, seria mas ó menos larga, según la 
política que para con ellos adoptasen. 

De los tres partidos que existían entonces en 
el pais, el español, el de Buenos Aires y el de 
Artigas ó de la independencia absoluta, fué este 
el que mas le llamó la atención y el que trataron 
de congraciarse por todos los medios^osibles. 

El partido español, ó godo, como se llamaba 
entonces, aunque compuesto de la mayor parte 
de los hombres de saber y fortuna, carecía de 
acción, y empezaba á sentir ya el decaimiento 
producido por las victorias ae los argentinos. 

El que simpatizaba con ladominacion de Bue- 
nos Aires, era muy reducido, y solo podria en- 
contrar apoyo, el dia en que la fortuna diese de* 
finitivamente una última victoria á las armas 
de la revolución de Mayo. Este dia se conside- 
raba, en esa época, muy lejano. 

El partido temible para los lusitanos era pues 
el verdaderamente oriental, el de Artigas; com- 
puesto de la gran mayoria de los hijos de la cam- 
paña, partido que contaba con hombres de influjo, 
resueltos y queridos, como los Oribe, los Lava- 
lleja, los Latorre, los Rivera, sin contar los estre- 
madamente audaces como Otorguéz y otros de 
su mismo carácter cruel y aventurero. 

Sabían los portugueses que la semilla de inde- 
pendencia germina en cualquier terreno y no se 
les ocultaba tampoco que la habia arrojado Arti- 
gas en las masas incultas de nuestros campos, 



- 32 - 


por haber sido regadas ya : con sangre oriental 
Sja.ponservaba, y conservaría siempre pronta á 
desarrollarse, con incalculable vigor. Así, pues, 
como hábiles políticos comprendieron que el úni- 
‘<ío medio de neutralizar ‘ésa semilla, al menos 
momentáneamente, era hacer su dominación lo 
más dulce posible, dándole'Un carácter algo na- 
qional y alimentando en los 1 'orientales la espe- 
ranza de que algún dia, cuando fuesen nume- 
rosos y fuertes,’ podían espferar á ser libres é 
independientes.' ; ' 1 

De acuerdo con este hábil plan de conducta 
dos dominadores del' ario 17 trataron de atraer- 
le ’á los principales jefes orientales, especial- 
*mente ; .al en torrees 'coronel "RíVera, que fue con- 
’séryadq .en su puesto* d : e ^comandante de cam- 
pará' influyeron parai 'qué 1 lds cabildos fuesen 
aésempeñadcis por- hijülsí dei^pais., dieron colo- 
cación énlas milicias á rrifeéhos jóvenes, así de 
'Montevideo como* de' fa campaña, y ni aún perdo- 
1 iíaron eí medio, ■mu¿hi l áLÍ1ias' veces eficaz, de 
conquistarse las simpatíai' dtel sexo bello. 

Los oficiales de sbs batallones y regimientos 
'generalmente instruidos,' 5 ^áldntes y liberales, 
encontraron acceso en ; las principales familias 
'de , Montevideo, 1 - y muchos ée 'bllos contrajeron 
tazos indisolubles depárénte¿cb. 

parecía que el sentimiento ‘de la independen- 
cia Labia desfallecido bajó lá mano de una domi- 
nación suave, cuando sé produjo la revolución 
brasilera; fiel año. 1822. J Ml ' 

““ Éste suceso dió por resultado en la Banda 
Oriental, que las fuerzas portuguesas se dividie- 
sen en dos bandos: el lusitano y el brasilero. El 
barón de la Laguna se pronunció en la campaña 



— 33 — 


por la causa de la independencia del Brasil, y el 
general don Alvaro da Costa de Souza Mace do 
con la división de voluntarios reales y el primer 
regimiento de infantería, continuó dentro de 
Montevideo, siendo fiel á su rey y á las órdenes 
quede él tenia. 

Esta escisión de las fuerzas dominadoras al- 
canzó también á los orientales: unos se plegaron 
ó los hicieron plegar, á la causa del nuevo impe- 
rio, y otros á la de Portugal, ó más bien dicho á 
la de la Independencia, despertada por el cabildo 
de Montevideo^ en oposición con los de los pue- 
blos de campaña que renovaban las protestas de 
adhesión á la dominación extranjera. 

Al manifiesto del cabildo de Montevideo de l.° 
de Abril de 1823 que indudablemente de acuerdo 
con el jefe portugués, llamaba á los orientales á 
hacerse dueños de sus destinos, respondían, 
como hemos dicho en el párrafo anterior, los de 
Canelones, San José, Sonano, Maldonado, Pay- 
sandú y otros pueblos, reconociendo al primer 
emperador brasilero— como soberano legítimo 
de la Banda Oriental del Uruguay. 

Estas manifestaciones de los pueblos de nues- 
tra campaña no podían estar concebidas de 
otro modo, desde que un poderoso ejército ex- 
tranjero dominaba el país, y desde que algunos 
orientales influían también en ellas porque qui- 
zás juzgaban sinceramente que la anexión al 
Brasil era el único medio de conservar la paz y 
preparar el progreso de su patria. 

Hay en estos sucesos un hecho digno de ha- 
cerse notar. En campaña, dónde se ejercía sin 
rival la influencia extraña y la de algunos natu- 
rales afectos á ella, se condenaba la independen- 



cía de ios orientales. En Montevideo, dónde el 
jefe lusitano daba por primera vez una libertad 
absoluta al cabildo, renacía vigorosa esa ten- 
dencia, especialmente, en la juventud, de la 
época . 

El joven don Manuel Oribe fué nombrado para 
mandar las fuerzas orientales; el himno de Ht- 
dalfjo, nuestro primer poeta nacional se cantaba 
en el teatro, y la bandera vencida en Catalan, la 
bandera de Artigas, flameó al frente de los au- 
daces y heróicos guerrilleros que defendieron 
los estramurosde Montevideo durante once me- 
ses. Y no se crea que la lucha se circunscribió 
solamente á guerrillas; hubo hechos de armas 
bastantes sérios, como el ataque que se dió á 
los brasileros en la noche del 17 de Abril de 1823 
y la célebre emboscada del día 19 del mismo 
mes y año, como puede verse en El Pampero , 
periódico que redactaba el ilustrado ciudadano 
don Juan F. Giró. 

La semilla de independencia dejada por Arti- 
gas volvió á regarse con sangre oriental, y ad- 
quirió, podemos decirlo, nueva fuerza de germi- 
nación. 

Para los que aun duden de las tendencias de 
los hijos déla Banda Oriental á ser libres é in- 
dependientes desde esa época y desde la de Ar- 
tigas primero, nos bastará trascribirles algunos 
párrafos délos manifiestos que los cabildos, de 
los pueblos de campaña, expidieron contra el 
que uublieó el de la capital. 

En el acta labrada en Maldonado el 30 de Abril 
de 1823, se lée lo siguiente: 

«Que dos puntos habia que discutir, si con- 
«venia mas al país subsistir incorporado al 



35 - 


«Imperio del Brasil bajo las bases y condiciones 
«acordadas en el congreso del año 21, y por con- 
«siguiente ratificar aquella incorporación, ó si 
«era mas ventajoso ponerse de acuerdo con el 
«cabildo de Montevideo obedeciendo sus órde- 
«nes y propendiendo á sus planes, incapaces 
«de hacer la felicidad de la patria. 


«Que entónces considerando la Provincia de- 
«sierta y sin elementos para constituir su in- 
«dependencía absoluta , etc., etc., etc., adoptaron 
«como única mas ventajosa medida proclamar al 
«emperador don Pedro I. 


«Ahora que en sus papeles públicos (los de 
«Montevideo) dicen que los habitantes de la cam- 
«paña les obligan á sostener la absoluta inde- 
pendencia de la Provincia ratificamos la 

«aclamación de S. M. el Emperador etc.» 

En el acta del l.° de Mayo del mismo año, 
labrada en Canelones, se léen idénticos ataques 
á los propósitos del cabildo de Montevideo. Hay 
en ese documento un párrafo notable, que viene 
á comprobar perfectamente la existencia del arre- 
glo entre el jefe portugués y aquel cabildo; dice 
así: «Y reunidos en junta les expuso con la ma- 
«yor franqueza el verdadero estado de la campa- 
«ña, las empresas y aspiraciones de los faccio- 
«sos, protegidos por el cabildo intruso de Mon- 
«tevideo y las (ropas europeas (los portugueses) 
«los peligros que c.orria el país, y la necesidad 
«de que manifestasen sin embozo y con toda 
«libertad, si estaban por los principios que pro- 
«clamaba el partido de Montevideo de una inde- 



— 3G — 


«pende neta absoluta , ó por la incorporación al 
«imperio, etc.» 

Si en vez del breve estudio que estamos ha- 
ciendo de los recuerdos del señor Spikermann 
escribiésemos una historia, podríamos citar aun 
otros varios documentos que comprueban el no- 
ble intento de muchos orientales que creyeron 
poder realizar ya en esa época la obra de in- 
dependencia uruguaya. 

Entre esos documentos figuraria el notable 
discurso pronunciado el 11 de Abril de 1823 en 
Canelones por don Lúeas José Obes, obra ver- 
daderamente maestra, ya sea mirada como pro- 
ducción del político, ya como del literato. 

Estamos ciertos que se nos preguntará: ¿en 
qué bases fundaban los orientales del año 23 la 
realización de sus deseos? Lo que no pudo con- 
seguir Artigas, ¿lo alcanzarían ellos ayudados 
Unicamente por las tropas portuguesas ae Mon- 
tevideo y algunas milicias del país? ¿Cómo opo- 
nerse al paso de las huestes imperiales? ¿Cómo 
adquirir recursos para la lucha? ¿Cómo hacer 
venir al partido nacional las masas de nuestras 
cuchillas, influenciadas por hábiles caudillos 
ligados al imperio? 

A todas estas preguntas responde el año 25 
con sus providenciales sucesos, que solo pueden 
explicarse por el audaces fortuna juvat de los 
latinos. Esos pocos orientales, encerrados en 
Montevideo, habían recibido de Buenos Aires la 
promesa de una ayuda decidida; creyeron en 
ella, la esperaban, y no trepidaron en compro- 
meter sus intereses y sus vidas. Esa ayuda 
faltó, convirtiéndose en la misión diplomática 
de don José Valentín Gómez, que se presentó 



— 37 — 


en Río Janeiro el 15 de Setiembre de 1823, con 
un memorándum en el que de lo que menos se 
trataba era de nuestra independencia. Todo él 
se reduce á demostrar que la Banda Oriental 
del Uruguay hace parte del Estado de las Pro- 
vincias del Rio de la Plata, y que todas estas ha- 
cían causa común en el interés de que la llave 
del Rio de la Plata no estuviese en manos de 
los brasileros. Concluye finalmente exigiendo 
del imperio una declaración definitiva de si en- 
tregaría ó no la plaza de Montevideo y su cam- 
paña á las Provincias Unidas. 

El resultado de esta misión fué absolutamente 
nulo. 

Entre tanto reducidos los lusitanos á sus pro- 
pias fuerzas y á los exclusivos elementos que 
le podía dar Montevideo, tuvieron que tratar 
con el general Lecor la entrega de la plaza, re- 
tirándose para Europa á principios del año 1824. 

No es posible creer como pretenden algunos 
que el general portugués don Alvaro da Costa 
traicionase la palabra dada al cabildo de Monte- 
video. No podia hacer mas de lo que hizo; la 
necesidad le obligó á la capitulación, y quizás 
las mismas órdenes de su gobierno que induda- 
blemente consideró inútil é insostenible la per- 
manencia de sus tropas en estos países. 

Los orientales comprometidos en ese nuevo 
esfuerzo hácia la independencia., tuvieron que 
emigrará Buenos Aires yendo el jóven Oribe á 
su frente. Un año mas tarde debían volver á 
las playas uruguayas acaudillados por el bravo 
Lavalleja con la misma fó en el porvenir de su 
patria, y el mismo desprecio del peligro. 



XXIII 


El señor Spikermann narra con Ja sencillez 
propia de la verdad el desembarco de los Trein- 
ta y Tres en el Arenal Grande, á las once de 
la noche del 19 de Abril de 1825., pero á pesar 
de esa sencillez resalta en su relato un hecho 
admirable de decisión, valor y abnegación, lle- 
vado á cabo por el intrépido Lavalleja. 

Los libertadores contaban encontrar caballos 
prontos al pisar las playas de la pátria. Don 
Tomás Gómez estaba avisado, y no obstante se 
hallaron á pié en medio de un arenal. Es im- 
posible pintar la sorpresa que se había apo- 
derado de aquel grupo de hombres; sabian que 
el primer elemento de las guerras de entonces 
era el caballo, y sin embargo ellos, que venían 
á iniciar la cruzada libertadora, se encontraban 
aislados y en la terrible posición de ser toma- 
dos por la primer partida exploradora que los 
encontrase. 

Lavalleja comprendió, sin duda, las vacilacio- 
nes de sus compañeros, y por uno de esos ras- 
gos de génio tan comunes en nuestros paisa- 
nos, tomó en el acto una resolución, que la his- 
toria se encargará de colocar al lado de la de 
Cortés, al pisar las playas mejicanas. — Ordenó 
en el acto que las tres lanchas que los habían 
traído partiesen inmediatamente para Buenos 
Aires; así se hizo, y desde entónces los Treinta 
y Tres quedaron entregados á las eventualidades 
de la ciega casualidad. Una vez bajo el cielo de 
la pátria, el bravo caudillo jugaba el todo por 



- 39 — 


el todo, y confiaba su empresa en manos de la 
providencia. 

A mas del relato contenido en el diario del se- 
ñor Spikermann, hemos oido pintar esa primera 
escena de la guerra de la independencia al co- 
ronel donAtanasio Sierra. 

«Estábamos, decía, en una situación singular. 
«A nuestra espalda el monte, al frente el cau- 
«daloso Uruguay, sobre cuyas aguas batían los 
«remos de las tres lanchas que se alejaban; en 
«en la playas yacían recados, frenos, armas de 
«diferentes formas y tamaños: aquí dos ó tres 
«tercerolas, allá un sable, aquí una espada, mas 
«allá un par de pistolas; ponchos por un lado, 
«sombreros por el otro, todo mezclado aun co- 
«mo se había desembarcado. Este desórden, 
«agregado á nuestros trajes completamente su- 
«cios, rotos en varias partes y que naturalmente 
«no guardaban la uniformidad militar, nos daba 
«el aspecto de verdaderos bandidos. Desde las 
«once de la noche del 19 hasta las nueve de la 
«mañana del 20, nuestra ansiedad fué extrema. 
«Continuamente salíamos á la orilla del monte 
«y aplicábamos el oido á la tierra por ver si 
«sentíamos el trote de los caballos que esperába- 
los. Lavalleja se paseaba traquilamente al 
«lado de un grupo de scirandies, y habiéndose- 
«le acercado don Manuel Oribe y Zufriategui di- 
«ciéndole que eran las seis de la mañana y no 
«llegaba Gómez con los caballos, Ies respondió 
«sonriéndose: «Puede ser que Gómez no venga 
«porque los brasileros lo tendrán apurado; pero 
«Cheveste volverá, y con caballos; es capaz de 
«sacarlos déla misma caballada de Laguna». 
«Cuando don Tomás Gómez, acompañado de 



— 40 - 


«Cheveste y don Manuel Lavalleja, llegaron con 
«los deseados caballos, hubo muchos de nosotros 
«quo se abrazaron al pescuezo de éstos dándoles 
«besos como si fuesen sus queridas.» 

Inmensa debió ser la albgria de Lavalleja 
cuando vió coronada su acción intrépida con tan 
feliz resultado! 


XXIV 


Pasamos por alto los demas detalles que con- 
tiene el diario del señor Spikermann. para de- 
tenernos en el mas importante de los hechos 
realizados por los Treinta v Tres en su primer 
quincena de operaciones. Este hecho es la ren- 
dición de las fuerzas brasileras acampadas en 
el Durazno, rendición que fué la consecuencia 
de haber caido por sorpresa el general Rivera 
en maro de los libertadores. 

La relación que de este importante suceso nos 
hace el señor Spikermann, está confirmada en 
los apuntes para ia historia de la República 
Oriental del Uruguay, escritos por don Carlos 
Anaya. Hé aqui lo que dicen esos apuntes sobre 
el particular: «los libres continuaron de cerca 
«entonces su marcha buscando al general en ¡e- 
«fe del ejército del imperio don Fructuoso Rive- 
«ra, quien, sintiendo la aproximación de fuer- 
«zas en circunstancias en que esperaba auxilios 
«de los que mandaba el coronel D. Bonifacio Isag 
«(á) Calderón, mandó á su ayudante de campo 
«don Leonardo Olivera con su ordenanza en 
«observación; Olivera mandó á este que se acer- 



— 41 — 


«cara á aquella fuerza; y al hacerlo se halló al 
«ordenanza con Lavalleja, bajo cuyas órdenes 
«habia servido en otro tiempo, é instruido es- 
«pecialmente por éste hizo entender al ayudan- 
«te Olivera que era la división de Calderón la 
«que se aproximaba, y Olivera ofició en esesen- 
«tido al general en jefe, quien se dirigió splo, 
«sin mas armas que su espada á cumplimentar 
«á su coronel y amigo Calderón, hallándose 
«en su lugar, cara acara, con el jefe de los li- 
«bertadores jqué soberana sorpresa! Rodeado 
«por ellos fué hecho prisionero; pero protestan- 
«do que era un verdadero patriota y que acep- 
«taba de buena fé la causa de los libres, el co- 
cí mandan te Lavalleja aceptó su cooperación y 
«formó desde ya parte de aquella formidable 
«empresa. » 

El sargento mayor Spikermann mas minucio- 
so en su diario que el señor Anaya, nos dá el 
nombre del soldado que fué el instrumento hu- 
milde de que se valió la Providencia para sepa- 
rar del paso de los Treinta y Tres el principal é 
invencible obstáculo. 

Ese soldado se llamaba Baez, vecino del Co- 
lla. Decidido á servir la causa de su patria des- 
de el momento que se encontró con Lavalleja, 
inspirado por su amor á la libertad, siempre 
vivo en el corazón de nuestros paisanos, y por 
la viveza de su ingénio, que les es característica 
concibió con la rapidez del rayo el proyecto de 
hacer capturar á Rivera y lo propuso á Lava- 
Jleja. 

Los filósofos hacen notar, en el estudio de los 
acontecimientos humanos, que muchas veces el 
triunfo de las grandes causas morales ó políti- 



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cas dependen de sucesos insignificantes, ó de ins- 
trumentos que por su pequenez pasan inaperci- 
bidos para la historia. 

Asi, creemos que el resultado de la empresa 
de los Treinta y Tres, y el no haber fracasado 
en sus primeros pasos, se debe exclusivamente 
á ese paisano Baez, cuyo nombre no conocería- 
mos hoy, á no haberlo conservado en su memo- 
ria el señor Spikermann. 

Sin la captura de Rivera que mandaba la fuer- 
za mas respetable del Brasil en el Durazno, fuer- 
za organizada, numerosa, diez veces mayor que 
la de Lavalleja, éste hubiera sucumbido sin gran 
esfuerzo del vencedor, cayendo con el caudillo 
del año 25 la causa de nuestra Independencia. 

¡Pobre Baez! base sencilla sobre la que se 
colocó la primera piedra de nuestras libertades, 
quizás, ni tus restos descansan en el seno de la 
patria! 


XXV 


Antes de finalizar este breve estudio, debemos 
hacer notar un pequeño descuido que padeció el 
señor Spikermann, al relatar la salida de las 
fuerzas de Montevideo el 5 de Mayo, con el objeto 
de batir las libertadoras. Dice el diario que nos 
ocupa, que sus fuerzas salieron hasta el saladero 
de Lecjris . En esa época no existia el tal sala- 
dera; el lugar que ocupó después ese estableci- 
miento se denominaba Piedras Blancas . 

No es estraño semejante descuido por parte 
del señor Spikermann, si se tiene presente que 



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escribió su diario en época que ese lugar solo se 
conociaya por el nombre de Saladero ó Cuchilla 
de Lecjrís. 


XXVI 


Solo nos resta ratificar con un dato mas la 
parte del diario señor Spikermann, en la parte 
relativa ala conspiración que tenia por objeto el 
asesinato de La val leja y los principales jefes de 
las fuerzas libertadoras. 

El señor Anaya en las memorias ya citadas se 
expresa como sigue: 

«El comandante Laval leja se aproximó al Ca- 
:<nelon, y allí convocó individuos de su [confian- 
«za para instruirlos de sus aspiraciones y de sus 
«proyectos, que tenían por punto de mira la li- 
«bertady la independencia de la patria. Al hacer- 
lo agregó que sus recursos consistían en los 
«brazos orientales, sin esperar extraños auxilios 
«y terminó reclamando la cooperación de los ha- 
« hitantes del Estado, para triunfar de la'domi- 
«nación imperial, que lo vejaba! No faltó quien 
«informara de todo esto al general Lecor, en 
«cuya consecuencia se tramó una conspiración 
«contra las vidas de Lavalleja, Oribe y Rivera, 
«y demás jefes principales de aquella cruzada, 
«proyecto que se puso en práctica, pero que fra- 
«casó por haberse hecho sentir, siendo reducidos 
«á prisión los que habían arrostrado tan horren- 
«do plan. Encausados y sentenciados fueron ge- 
nerosamente indultados por el mismo Lavalleja. 



«¡Magnánimo ejemplo de abnegación que debería 
«tener imitadores!» 

Bien dice el señor Anaya: deberia tener imita- 
dores, y por cierto aue no hubiese corrido tanta 
sangre oriental desae entónces, pero es necesa- 
rio no olvidar que solo las causas justas inspi- 
ran al vencedor sentimientos nobles y huma- 
nitarios. 


R. de S. 


Durazno, 1867.